Hace unos años, en TEDxBariloche, compartí una convicción que he construido a lo largo de décadas de trabajo en conservación marina: la protección de la Antártida no es un asunto del futuro. Es ahora.
Para muchos, la Antártida sigue siendo un territorio lejano, blanco e
intacto. Un espacio de hielo infinito, pingüinos y paisajes prístinos. Pero esa
imagen romántica, aunque poderosa, es incompleta. La Antártida no es un museo
congelado fuera del tiempo. Es un sistema vivo, dinámico y cada vez más
presionado por el cambio climático y la actividad humana.
En el centro de ese sistema hay un organismo pequeño, casi invisible
para la mayoría de nosotros, pero absolutamente esencial: el kril antártico.
El kril no es solo un crustáceo diminuto. Es la base de la red trófica
del Océano Austral. De él dependen ballenas, focas, pingüinos, aves marinas y
numerosas especies de peces. Si el kril disminuye, todo el edificio ecológico
que se sostiene sobre él se tambalea. Y cuando hablamos de kril, no hablamos
solo de biodiversidad; hablamos también de estabilidad climática y de la salud
del océano que regula el clima global.
Hoy el kril enfrenta una doble presión. Por un lado, el cambio climático
altera la extensión y duración del hielo marino, fundamental para su ciclo de
vida. Por otro, la pesca industrial se concentra en zonas cada vez más
sensibles, particularmente en la región de la Península Antártica, donde los
efectos del calentamiento son más rápidos y evidentes.
La regulación de esta actividad recae en la Commission for the Conservation of Antarctic Marine
Living Resources (CCAMLR), un organismo creado en 1982 bajo el paraguas
del sistema del Tratado Antártico. Su mandato es pionero: aplicar un enfoque
ecosistémico a la gestión pesquera. No solo administrar capturas, sino asegurar
que la explotación no comprometa el equilibrio del conjunto.
En teoría, es uno de los regímenes de gobernanza ambiental más avanzados
del mundo. En la práctica, enfrenta crecientes tensiones geopolíticas que
dificultan la adopción de nuevas medidas de protección.
Un ejemplo de lo que es posible cuando prevalece la cooperación es el
área marina protegida del Mar de Ross, en el Ross
Sea, adoptada en 2016. Fue un hito histórico: la mayor área marina
protegida del planeta en ese momento. Demostró que incluso en un contexto
internacional complejo, los Estados pueden alcanzar acuerdos ambiciosos cuando
reconocen el valor global de la Antártida.
Sin embargo, otras propuestas de áreas marinas protegidas —como la de la
Península Antártica, la de Antartida Oriental y la del Mar de Weddell— llevan
años bloqueadas. La región de la Peninsula Antartica es, paradójicamente,
una de las más vulnerables y una de las más intensamente utilizadas por la
flota pesquera de kril. Allí convergen colonias de pingüinos, áreas de
alimentación de ballenas y zonas críticas para múltiples especies. Protegerla
no es una postura ideológica; es una medida de precaución basada en evidencia
científica.
La Antártida ha sido, desde 1959, un símbolo extraordinario de
cooperación pacífica a través del Sistema del Tratado
Antartico. En plena Guerra Fría, las potencias decidieron reservar el continente
para la paz y la ciencia. Ese espíritu es hoy más necesario que nunca.
Proteger el kril y establecer áreas marinas protegidas no significa
cerrar el océano a toda actividad. Significa ordenar el uso, distribuir el
esfuerzo pesquero, crear zonas de resguardo ecológico y aplicar el principio de
precaución en un contexto de incertidumbre climática creciente. Significa
reconocer que el valor de la Antártida está por encima de todo.
El debate actual no es solo técnico. Es profundamente político y ético.
¿Estamos dispuestos a actuar antes de que el deterioro sea irreversible? ¿O
esperaremos a que las señales de colapso sean inequívocas?
La Antártida nos ofrece algo excepcional: la posibilidad de hacer las
cosas bien antes de que sea demasiado tarde. En muchos otros ecosistemas del
planeta, la protección llegó cuando el daño ya estaba hecho. Aquí aún estamos a
tiempo.
Pero el tiempo no es infinito.
La ciencia es clara en cuanto a la rapidez de los cambios en el Océano
Austral. Las comunidades científicas y organizaciones de la sociedad civil han
propuesto soluciones concretas. Lo que falta es voluntad política sostenida y
la capacidad de separar la cooperación ambiental de las disputas geopolíticas
más amplias.
La protección de la Antártida no es un tema lejano ni exclusivo de
especialistas. El Océano Austral influye en la regulación del clima global, en
la absorción de carbono y en la circulación oceánica que conecta todos los
mares del planeta. Lo que ocurre allí repercute en todas partes.
Cuando hablamos de kril, hablamos de ballenas y pingüinos, sí. Pero
también hablamos de nosotros.
La Antártida es el único continente dedicado a la paz y la ciencia.
Mantener esa visión requiere decisiones valientes. Requiere reconocer que
conservar no es frenar el progreso, sino redefinirlo.
Como resaltaba en mi charla TEDx, la protección de la Antártida es
ahora. No porque sea un eslogan eficaz, sino porque las condiciones ecológicas
y políticas así lo exigen. La historia nos juzgará no por lo que sabíamos
—porque sabemos mucho— sino por lo que hicimos con ese conocimiento.
Todavía estamos a
tiempo de tomar las decisiones correctas, de actuar con inteligencia. Y es imprescindible que lo hagamos. La protección de la Antártida no puede
esperar.
La protección de la Antártida es ahora Rodolfo Werner – TEDxBariloche
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