Hace unas semanas, las autoridades de la Provincia de Rio Negro junto a las del Municipio de la Ciudad de Bariloche decidieron emplazar un avión Mirage que participó en la Guerra de Malvinas en la costa de nuestro lago, frente a la ciudad. El avión forma parte de un memorial sobre la guerra y está ubicado como si estuviera volando en dirección al centro de la ciudad (aunque quienes lo colocaron indican que apunta hacia las Islas Malvinas). Es una imagen bélica que afecta la belleza y la armonía del paisaje de Bariloche. Esto hace que, con cada día que pasa y al transitar por la zona, el sentimiento bélico nos genere un dolor y una desazón que están muy lejos de permitirnos sanar lo absurdo de esta guerra. La decisión de emplazar este avion en ese icónico lugar de nuestra ciudad fue tomada de manera unilateral, sin consultar a la población.
A eso se suma que la ciudad de Bariloche no estuvo en absoluto involucrada en la guerra. Por lo tanto, esta instalación no representa un verdadero vínculo histórico con nuestra comunidad, sino más bien un recurso que alimenta intereses personales de quienes utilizan el tema de la guerra como una forma de justificarse.
Sin entrar en detalle sobre el memorial que acompaña esta imagen bélica —el cual también describe la guerra, instigando al odio hacia los ingleses y presentando información a veces sesgada o inexacta— considero que este tipo de símbolos no sirven ni para sanar las heridas de una guerra sin sentido, ni para fortalecer nuestro sentido de Nación. Por el contrario, solo contribuyen a desinformar a los visitantes (la mayoría de los cuales no fueron testigos de esta absurda y triste guerra), generando odio hacia los ingleses, en lugar de promover la aceptación del error que significó la guerra y proponer formas más constructivas y humanas de afrontar y resolver este conflicto.
Esta situación es la que me llevó a escribir este ensayo sobre Malvinas (Bariloche, Septiembre 2025).
MALVINAS
El 30 de
marzo, el general Leopoldo Fortunato Galtieri apareció en el balcón de la Casa
Rosada durante una jornada muy intensa, en la que el pueblo argentino se
manifestaba en su contra y contra el gobierno de facto. Ese día fue escenario
de una brutal represión policial contra una masiva manifestación popular
opuesta a la dictadura.
Dos días
después, el 2 de abril, ese mismo pueblo salía a las calles para vitorear la
ocupación de Malvinas. Galtieri, nuevamente en el mismo balcón, era ahora aclamado
como si de pronto se hubiera convertido en un líder nacional, incluso tuvo la
osadía de levantar los brazos al estilo de Perón. Apenas horas antes lo
despreciaban; ahora lo celebraban, aun frente a sus nefastas palabras: “Si quieren
venir que vengan, les presentaremos batalla”. Palabras que el pueblo
ovacionaba.
De chico,
yo siempre había estado orgulloso de mi país, de sus símbolos patrios. Me
emocionaban. Soñaba con la posibilidad de ser abanderado, algo que con esfuerzo
logré tanto en la escuela primaria como en la secundaria.
Luego llegó
mi paso por el servicio militar obligatorio, en mi caso en la provincia de San
Juan. El maltrato por parte de los suboficiales era moneda corriente, junto con
la enseñanza de la mentira, el engaño, la amenaza constante del castigo y, en
ocasiones, el castigo físico. La instrucción estaba impregnada de un espíritu
bélico: la mirada siempre dirigida hacia el enemigo, que en ese tiempo se
identificaba con el chileno. Siempre el mismo cuento, siempre la guerra como un
fin en sí mismo. Todo eso fue apagando poco a poco aquel amor natural que
sentía desde chico por mi país y sus símbolos patrios. Después, claro, con el
tiempo logré revalorar mis emociones y entendí que más allá de todo eso están
las personas, los afectos, los amigos, que son otra cosa y que sostienen mi
profundo amor por mi país.
La guerra
de Malvinas encontró a un país enceguecido con un mantra nacional instalado
desde mi niñez: “las Malvinas son argentinas”. Una historia repetida una y otra
vez, sin importar como se desarrollaron los acontecimientos hace 150 años
atrás, y en una Argentina que estaba atravesada por la corrupción, la violencia
del Estado y la dictadura militar. En ese momento, no había bases para la
construcción de un país serio, respetuoso y organizado, y la moral del Estado había
sido violada. Su geografía nacional estaba en crisis, e innumerables zonas del país
habían sido simplemente olvidadas. Y, de repente, surgió la gran causa nacional
en torno a unas islas lejanas, ubicadas en el Atlántico Sur, unas islas que existían más
en la narrativa que en la realidad cotidiana de la gente. Unas islas utilizadas
como un nuevo recurso para conseguir el apoyo popular.
Unas islas
donde también vivían ciudadanos argentinos, donde la conexión con el continente
era armónica, de colaboración. Sus habitantes viajaban a hospitales en
Argentina, sus jóvenes estudiaban en nuestras universidades, pasaban vacaciones
en el país; había familias repartidas entre ambas geografías. Eran islas donde la
historia y el desarrollo natural de esta parte del mundo parecían encaminarlas,
poco a poco, a ser parte de la geografía nacional. Pero no fue así. De repente,
de un día para otro, llegó la guerra, en manos de una dictadura militar.
Ese era el
momento indicado para que el pueblo se pronunciara en contra de ese gobierno de facto y
dijera: “así no, por la fuerza no, a través de una guerra no. Ese idioma, el de
la guerra, les pertenece a ustedes, personas bélicas que solo mediante el
accionar militar, dentro y fuera del país, buscan alcanzar sus logros. No. La
Argentina es mucho más que eso. No vamos a apoyar una decisión unilateral, sin
moral, sin pensamiento, que nos arrastre a una guerra sin sentido contra una
gran potencia mundial”.
El pueblo
debería haberse manifestando, diciendo que no se enviarían a nuestros jóvenes a
jugarse la vida por el capricho de un general en decadencia, que recurría a un
accionar como ese solo para intentar salvar su pellejo, para fortalecer su
razón de ser como parte de un gobierno ilegal. La Argentina que estaba
despertando lentamente, reclamando la necesidad de volver a la democracia se
podría haber manifestado diciendo: “No, señor, así no. Esta no es la Argentina
que queremos”.
Pero, sin
embargo, sucedió lo contrario. Todo un pueblo golpeado, herido por años de
dictadura, de desapariciones, de violencia, en lugar de seguir transitando el
camino hacia la democracia y la paz social, decidió, sin pensarlo dos veces,
apoyar una decisión del régimen militar que nos arrastraba directamente a la
guerra.
Pareciera
que la gente no entiende que en una guerra no hay ni ganadores ni vencidos…
todos pierden. Ni un metro cuadrado de tierra justifica la perdida de una sola vida humana. Mi experiencia en esos años fue terrible. De forma extraña,
todos mis amigos y conocidos estaban convencidos de que el accionar militar, la
toma por la fuerza de las islas era algo positivo, viviendo en una aparente ignorancia
total sobre lo que realmente significaba entrar en guerra. En mi caso, mi
familia y yo éramos de los pocos en mi entorno —y creo de una minoría en toda da
la nación— que estábamos en contra de la guerra.
En mi caso,
mis amigos atribuían mi posición a que “es que vos sos un alemán de…”. Algo que
era duro, casi inexplicable para mí. Yo, que siempre me sentí argentino hasta
la médula —y donde ser argentino significaba para la mayoría ser hijos o nietos
de inmigrantes. Fue una época muy
difícil, de mucha soledad.
Acababa de
terminar el servicio militar y sabía que en cualquier momento podía ser
convocado a pelear en una guerra sin sentido: matar o morir…matar jóvenes
ingleses, tan jóvenes y atrapados como yo en un sistema donde no se te preguntaba,
como decía un gran amigo mío veterano de esa guerra, “¿querés dar tu vida por
la patria?”. Y donde la mayoría de la gente no daba su vida por la patria, sino
que nos mandaban a nosotros, los jóvenes, a hacerlo.
No podía ni
siquiera imaginar cómo yo, con mis pocos años de adolescente, estaba destinado
a matar a otros jóvenes, de un país del que una parte de mi familia había
venido. ¿Qué motivo, qué razón podía tener yo para invadir unas islas, tomar
por la fuerza a una población donde muchas generaciones habían vivido no solo
en paz entre ellos, sino también con nosotros? Invadir, matar, tomar posesión
de unas islas olvidadas en el fin del mundo… Mi mente adolescente se debatía en
cómo evitar involucrarme en esa guerra sin sentido. Incluso participé en largas
veladas a la intemperie para saludar al Papa Juan Pablo II, sin ser para nada
creyente, con la esperanza de que su visita a Argentina y su intervención
pudieran poner fin a esa locura… pero ni el Papa tuvo el poder de detenerla.
Evalué la
posibilidad de abandonar el país, pero ya había sido convocado a estar
preparado para ser reclutado en cualquier momento. Incluso consideré la opción
de escaparme ilegalmente por algún punto de la frontera del litoral argentino,
pensando que quizás algún río me permitiera nadar y cruzar a otro país. Eran
épocas muy complejas, y finalmente decidí quedarme y entregarme a mi destino:
un destino decidido por otros y refrendado por un pueblo que no comprendía que
estábamos hablando de una guerra… una guerra donde morirían soldados y personal
militar, y donde quizás moriría yo también. Me prometí a mí mismo que si
sobrevivía y regresaba a casa, abandonaría la Argentina para nunca más volver.
Por suerte, la guerra terminó antes de que fuera reclutado. Tiempo después, muchos
amigos se acercaron para decirme: “tenías razón, esta guerra no tenía sentido”.
Pero el daño ya estaba hecho.
Sigo sin
entender cómo hacía la gente para vivir la guerra con tanto entusiasmo, casi
como si fuera un Mundial de fútbol. Aún resonaba en la memoria de muchos el
Mundial del ’78, cuando Argentina ganó la copa…y cada hundimiento de un barco,
cada derribo de un avión inglés se celebraba como si fuera un gol en un partido
de aquel torneo. Aún escucho en mis oídos los gritos victoriosos de los
estudiantes de mi facultad, en la cafetería, celebrando con entusiasmo cada
noticia adversa para los ingleses.
Derribar algo inglés era una verdadera fiesta. Incluso la Marcha de Malvinas creada para
celebrar la gesta seguía exactamente la misma melodía de la Marcha del Mundial
del ’78. En un país como Argentina, donde el fútbol es casi una razón de ser y
donde ganar un partido haciendo trampa no importa si se gana, era difícil
imaginar que esos triunfos circunstanciales de nuestras fuerzas no se
festejaran de otra manera.
Nuestras
fuerzas armadas estaban principalmente constituidas por chicos de 18 y 19 años
sin instrucción, “los chicos de la guerra”, que de repente fueron enviados a un
clima hostil, sin preparación ni equipos, sin proveerles de una buena
alimentación, con una total falta de equipamiento adecuado y un alto grado de
ignorancia sobre lo que les esperaba. Llegaban a unas islas donde el frío, el
viento y la humedad del otoño eran implacables. Chicos enviados por decisión de
unos pocos, respaldada por muchos, sin haber tenido la posibilidad de decidir
por sí mismos. Y en esas circunstancias de la guerra, ya en las trincheras
perdidas, muchos se preguntaban si suicidarse no sería una manera de poner fin
a todo.
Un país,
sometido a un lavado de cerebro colectivo, encaró la guerra, olvidando las
miserias que se vivían internamente. Durante el conflicto, programas
televisivos recaudaban dinero, joyas, ropa y comida, que nunca llegaban a esos
pobres chicos atrapados en las frías trincheras del fin del mundo. Al concluir
la guerra, muchos de ellos fueron ignorados, escondidos de la sociedad, como
una manera de disfrazar la terrible derrota, tanto bélica como moral, de un
país atrapado en un relato nacionalista vacío. Chicos mutilados, física y
psicológicamente, que no recibieron apoyo adecuado, abandonados a su suerte… en
muchos casos, el suicidio se convirtió en la única manera de escapar de la
depresión causada por el estrés postraumático.
Familias
rotas: madres, padres, esposas, hijos… todos golpeados para siempre por la
ausencia de esos chicos que dejaron su vida, o su estabilidad emocional, en
esas lejanas islas. Chicos que, luego, a través del uso político del conflicto,
pasaron de ser olvidados a ser presentados como héroes, no tanto como una
manera de cuidarlos o protegerlos, sino más como una herramienta de poder
político. Muchos de esos jóvenes sintieron ese reconocimiento como un aval y
convirtieron la causa de Malvinas en una causa de vida, el odio a los ingleses
en una razón de ser. Y así, un país que no había enfrentado ninguna guerra en
su historia moderna quedó atravesado por una sensación bélica, un odio hacia
otra nación… algo increíble en un país que se había nutrido y formado gracias a
corrientes migratorias, donde los ingleses representaron una parte importante
de su propia constitución como nación.
Pero así se
creó un enemigo al que había que vencer… y en lugar de buscar maneras más
inteligentes y constructivas de canalizar todo esto, hoy la causa Malvinas se
ha convertido en una causa bélica y de odio. Por supuesto, existen otros
veteranos de la guerra, otros jóvenes que comprendieron que no fueron héroes
(repito: nadie les preguntó si querían dar su vida por la patria), sino que
fueron, lisa y llanamente, víctimas de un sistema dictatorial. Muchos de ellos
no pudieron soportar el peso que la sociedad les impuso al ser repentinamente
llamados héroes y también encontraron en el suicidio una salida a ese profundo
dolor. Así, muchas familias se vieron obligadas a enfrentar el dolor de
“volver” a perder a sus jóvenes. Y aún más difícil resulta hoy día para muchos
veteranos que no aceptan el cuento nacionalista ni la idea de una soberanía
manipulada poder expresar su verdad, dado que son vapuleados, maltratados y
ninguneados por aquellas estructuras que se alimentan del poder político que
les permite perpetuar el odio hacia los ingleses.
Esas mismas
estructuras son las que hoy construyen un relato en la mente de toda una
sociedad, especialmente de una juventud inmensa que desconoce la verdadera
historia de esta guerra, donde el odio y lo bélico se presentan como un
vehículo de nacionalidad. Esto, además de triste, resulta paradójico: la gran
mayoría de los habitantes de este país son originarios de otras geografías,
descendientes de otras culturas, en un país moderno que, como muchos, desplazó
a sus pueblos originarios. Por un lado, se cuestiona y se castiga la memoria
del General Julio Argentino Roca, un militar que, con o sin razón, respondió a
la coyuntura de un momento de consolidación de la nación desplazando a los
pueblos indigenas. Pero, por otro lado, se celebra la decisión de un general
que, por motivos absolutamente personales y políticos, llevó a la Argentina a
una guerra intentando tomar por la fuerza unas islas y sometiendo a sus
habitantes, quienes habían vivido en paz durante muchas generaciones.
Desgraciadamente,
este relato se afianzará en las generaciones actuales y futuras si no hacemos
algo por modificarlo. De este modo, será muy difícil pensar en una solución
pacífica, democrática, integradora e innovadora que permita cerrar este
conflicto. Así, será complicado establecer un camino que conduzca
verdaderamente a las Islas Malvinas hacia un futuro de paz y convivencia
armoniosa entre los habitantes de las islas y el continente. Un futuro que permita “Devolverle el cielo
libre a las aves y la alegría a esas islas”, como dice el poema que escribía cuando
se cumplían 30 años de la guerra:
Tierra de albatros, tierra de amores
(Pensando un futuro de amor
para las Islas Malvinas)
Graciosa
pareja de albatros da nacimiento a su dulce cría
En una
tierra donde el mar y el viento hinchan el corazón
Generaciones
de albatros elijen estas islas como morada
Ajenos a
mapas, historias y de innecesarias guerras la desazón
Fruto del
amor nace una criatura de ojos celestes
Sus
primeras palabras islas celtas evocan con su acento
Generación
tras generación, entre ellos se alegran y lloran
Ajenos al
mundo, aislados en su tierra, viven su momento
Un beso de
amor, a otra personita da luz, castaños los ojos,
Sus
primeras palabras castizas, calidez ofrecen a un nuevo continente
Historias
de inmigrantes, dolores ancestrales, sueños de futuro
Ajenos al
triste destino que algunos preparan en sus pequeñas mentes
Cabellos
color azabache se entrelazan, generan pequeño ser, negros sus ojos
Sus
primeros vocablos suenan a una tierra libre y salvaje
Raza
originaria, tierra besada por ancestros, lentamente subyugada
Dolidas
quedaron las “nuevas” tierras, las de los pueblos del “viejo” lenguaje
Es la
historia de los que estaban, los que vinieron, los que al final fueron
Historias
de pueblos, la unión de culturas y sueños en pequeña geografía
La tierra
es de nadie, la tierra es de todos, de la unión de los corazones
Respetarse,
ayudarse, crecer, el amor entre las gentes da lugar a la alegría
Hubo
una era donde albatros y criaturas convivían en las islas en armonía
No había
desentendimientos, el vuelo del albatros a todos hacía soñar
Generaciones,
razas, colores, historias, eran la riqueza de un suelo compartido
Pero el
horror de la guerra calló a todos, inclusive al albatros, quien dejo de volar
Alguien los
obligó a que el amor establecido en odio se tornara
Que la
mezcla de culturas detuviera su natural evolución
Que hijos
lloraran a sus padres, injustas y doloridas ausencias
Y que ser
isla o continente fuera un insulto, un símbolo de separación
Quisiera
creer que del dolor algo aprendimos
Que la vida
nos ofrece caminos más sabios, más luminosos
Que ninguna
tierra justifica la muerte de algunos
Y que
compartir es la manera de cerrar cicatrices y disipar los odios
Quisiera
creer que el albatros volverá a volar libre y enamorado
Que las
nuevas generaciones repararán el daño de los que no supieron amar
Que los
colores de las banderas se amalgamarán en un color esperanza
Y que las
lágrimas de distintos acentos se unirán en las olas del mar
En el fondo
eso queremos, sin duda también lo sabemos
Por respeto
al dolor, necesitamos que se abracen los distintos colores
Devolverle
el cielo libre a las aves y la alegría a esas islas
A esas que
son tierra de albatros, tierra de amores

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