Wednesday, February 18, 2026

Antarctica Cannot Wait: Protecting Krill Means Protecting the Future


A few years ago, at TEDxBariloche, I shared a conviction I have built over decades of work in marine conservation: protecting Antarctica is not an issue for the future. It is an issue for now.

For many, Antarctica remains a distant, white, untouched territory. A world of endless ice, penguins, and pristine landscapes. But that romantic image, however powerful, is incomplete. Antarctica is not a frozen museum suspended outside of time. It is a living, dynamic system increasingly under pressure from climate change and human activity.

At the center of that system is a small organism, almost invisible to most of us, yet absolutely essential: Antarctic krill.

Krill is not just a tiny crustacean. It forms the foundation of the Southern Ocean food web. Whales, seals, penguins, seabirds, and numerous fish species depend on it. If krill declines, the entire ecological structure built upon it begins to falter. And when we speak of krill, we are not speaking only about biodiversity; we are also speaking about climate stability and the health of the ocean that regulates the global climate.

Today, krill faces a double pressure. On one hand, climate change is altering the extent and duration of sea ice, which is critical for its life cycle. On the other, industrial fishing is increasingly concentrated in sensitive areas, particularly in the Antarctic Peninsula region, where the effects of warming are faster and more evident.

The regulation of this activity falls to the Commission for the Conservation of Antarctic Marine Living Resources (CCAMLR), an organization established in 1982 under the umbrella of the Antarctic Treaty System. Its mandate was pioneering: to apply an ecosystem-based approach to fisheries management. Not merely to manage catches, but to ensure that exploitation does not compromise the balance of the whole system.

In theory, it is one of the most advanced environmental governance regimes in the world. In practice, it faces growing geopolitical tensions that complicate the adoption of new conservation measures.

An example of what is possible when cooperation prevails is the marine protected area in the Ross Sea, adopted in 2016. It was a historic milestone: at the time, the largest marine protected area on the planet. It demonstrated that even in a complex international context, states can reach ambitious agreements when they recognize Antarctica’s global value.

However, other proposed marine protected areas — such as those for the Antarctic Peninsula, East Antarctica, and the Weddell Sea — have remained blocked for years. The Antarctic Peninsula region is, paradoxically, both one of the most vulnerable and one of the most intensively used by the krill fishing fleet. Penguin colonies, whale feeding grounds, and critical habitats for multiple species converge there. Protecting it is not an ideological stance; it is a precautionary measure grounded in scientific evidence.

Since 1959, Antarctica has stood as an extraordinary symbol of peaceful cooperation through the Antarctic Treaty System. In the midst of the Cold War, global powers chose to reserve the continent for peace and science. That spirit is more necessary today than ever.

Protecting krill and establishing marine protected areas does not mean closing the ocean to all activity. It means organizing use, distributing fishing effort, creating ecological refuge zones, and applying the precautionary principle in a context of growing climate uncertainty. It means recognizing that Antarctica’s value stands above short-term interests.

The current debate is not merely technical. It is profoundly political and ethical. Are we willing to act before deterioration becomes irreversible? Or will we wait until the signs of collapse are unmistakable?

Antarctica offers us something exceptional: the possibility of doing things right before it is too late. In many other ecosystems around the planet, protection arrived only after the damage had already been done. Here, we are still in time.

But time is not infinite.

Science is clear about the rapid pace of change in the Southern Ocean. Scientific communities and civil society organizations have proposed concrete solutions. What is lacking is sustained political will and the ability to separate environmental cooperation from broader geopolitical disputes.

Protecting Antarctica is not a distant issue reserved for specialists. The Southern Ocean influences global climate regulation, carbon absorption, and the ocean circulation that connects all the seas of the planet. What happens there reverberates everywhere.

When we speak of krill, we speak of whales and penguins, yes. But we also speak of ourselves.

Antarctica is the only continent dedicated to peace and science. Preserving that vision requires courageous decisions. It requires recognizing that conservation is not about stopping progress, but redefining it.

As I emphasized in my TEDx talk, Antarctica’s protection is now. Not because it is an effective slogan, but because ecological and political realities demand it. History will judge us not by what we knew — for we know a great deal — but by what we did with that knowledge.

We are still in time to make the right decisions, to act with intelligence. And it is imperative that we do so. The protection of Antarctica cannot wait.

 La protección de la Antártida es ahora Rodolfo Werner – TEDxBariloche

La Antártida no espera: proteger el kril es proteger el futuro


Hace unos años, en TEDxBariloche, compartí una convicción que he construido a lo largo de décadas de trabajo en conservación marina: la protección de la Antártida no es un asunto del futuro. Es ahora.

Para muchos, la Antártida sigue siendo un territorio lejano, blanco e intacto. Un espacio de hielo infinito, pingüinos y paisajes prístinos. Pero esa imagen romántica, aunque poderosa, es incompleta. La Antártida no es un museo congelado fuera del tiempo. Es un sistema vivo, dinámico y cada vez más presionado por el cambio climático y la actividad humana.

En el centro de ese sistema hay un organismo pequeño, casi invisible para la mayoría de nosotros, pero absolutamente esencial: el kril antártico.

El kril no es solo un crustáceo diminuto. Es la base de la red trófica del Océano Austral. De él dependen ballenas, focas, pingüinos, aves marinas y numerosas especies de peces. Si el kril disminuye, todo el edificio ecológico que se sostiene sobre él se tambalea. Y cuando hablamos de kril, no hablamos solo de biodiversidad; hablamos también de estabilidad climática y de la salud del océano que regula el clima global.

Hoy el kril enfrenta una doble presión. Por un lado, el cambio climático altera la extensión y duración del hielo marino, fundamental para su ciclo de vida. Por otro, la pesca industrial se concentra en zonas cada vez más sensibles, particularmente en la región de la Península Antártica, donde los efectos del calentamiento son más rápidos y evidentes.

La regulación de esta actividad recae en la Commission for the Conservation of Antarctic Marine Living Resources (CCAMLR), un organismo creado en 1982 bajo el paraguas del sistema del Tratado Antártico. Su mandato es pionero: aplicar un enfoque ecosistémico a la gestión pesquera. No solo administrar capturas, sino asegurar que la explotación no comprometa el equilibrio del conjunto.

En teoría, es uno de los regímenes de gobernanza ambiental más avanzados del mundo. En la práctica, enfrenta crecientes tensiones geopolíticas que dificultan la adopción de nuevas medidas de protección.

Un ejemplo de lo que es posible cuando prevalece la cooperación es el área marina protegida del Mar de Ross, en el Ross Sea, adoptada en 2016. Fue un hito histórico: la mayor área marina protegida del planeta en ese momento. Demostró que incluso en un contexto internacional complejo, los Estados pueden alcanzar acuerdos ambiciosos cuando reconocen el valor global de la Antártida.

Sin embargo, otras propuestas de áreas marinas protegidas —como la de la Península Antártica, la de Antartida Oriental y la del Mar de Weddell— llevan años bloqueadas. La región de la Peninsula Antartica es, paradójicamente, una de las más vulnerables y una de las más intensamente utilizadas por la flota pesquera de kril. Allí convergen colonias de pingüinos, áreas de alimentación de ballenas y zonas críticas para múltiples especies. Protegerla no es una postura ideológica; es una medida de precaución basada en evidencia científica.

La Antártida ha sido, desde 1959, un símbolo extraordinario de cooperación pacífica a través del Sistema del Tratado Antartico. En plena Guerra Fría, las potencias decidieron reservar el continente para la paz y la ciencia. Ese espíritu es hoy más necesario que nunca.

Proteger el kril y establecer áreas marinas protegidas no significa cerrar el océano a toda actividad. Significa ordenar el uso, distribuir el esfuerzo pesquero, crear zonas de resguardo ecológico y aplicar el principio de precaución en un contexto de incertidumbre climática creciente. Significa reconocer que el valor de la Antártida está por encima de todo.

El debate actual no es solo técnico. Es profundamente político y ético. ¿Estamos dispuestos a actuar antes de que el deterioro sea irreversible? ¿O esperaremos a que las señales de colapso sean inequívocas?

La Antártida nos ofrece algo excepcional: la posibilidad de hacer las cosas bien antes de que sea demasiado tarde. En muchos otros ecosistemas del planeta, la protección llegó cuando el daño ya estaba hecho. Aquí aún estamos a tiempo.

Pero el tiempo no es infinito.

La ciencia es clara en cuanto a la rapidez de los cambios en el Océano Austral. Las comunidades científicas y organizaciones de la sociedad civil han propuesto soluciones concretas. Lo que falta es voluntad política sostenida y la capacidad de separar la cooperación ambiental de las disputas geopolíticas más amplias.

La protección de la Antártida no es un tema lejano ni exclusivo de especialistas. El Océano Austral influye en la regulación del clima global, en la absorción de carbono y en la circulación oceánica que conecta todos los mares del planeta. Lo que ocurre allí repercute en todas partes.

Cuando hablamos de kril, hablamos de ballenas y pingüinos, sí. Pero también hablamos de nosotros.

La Antártida es el único continente dedicado a la paz y la ciencia. Mantener esa visión requiere decisiones valientes. Requiere reconocer que conservar no es frenar el progreso, sino redefinirlo.

Como resaltaba en mi charla TEDx, la protección de la Antártida es ahora. No porque sea un eslogan eficaz, sino porque las condiciones ecológicas y políticas así lo exigen. La historia nos juzgará no por lo que sabíamos —porque sabemos mucho— sino por lo que hicimos con ese conocimiento.

Todavía estamos a tiempo de tomar las decisiones correctas, de actuar con inteligencia.  Y es imprescindible que lo hagamos.  La protección de la Antártida no puede esperar.

La protección de la Antártida es ahora Rodolfo Werner – TEDxBariloche 


Tuesday, October 7, 2025

Malvinas: A War of Only Victims

 


A few weeks ago, the authorities of the Province of Río Negro together with those of the Municipality of the City of Bariloche decided to place a Mirage aircraft that participated in the Malvinas/Falklands War on the shore of our lake, facing the city. The airplane is part of a war memorial and is positioned as if it were flying toward the city center (although those who installed it claim it points toward the Malvinas/Falkland Islands). It is a warlike image that affects the beauty and harmony of Bariloche’s landscape. Each passing day, as we pass through the area, this militaristic presence evokes pain and unease—feelings that take us further away from healing from the absurdity of that war. The decision to install this plane in such an iconic place in our city was made unilaterally, without consulting the population.

Adding to this, the city of Bariloche was not at all involved in the war. Therefore, this installation does not represent a genuine historical connection with our community but rather serves the personal interests of those who use the war as a way to justify themselves.

Without going into detail about the memorial that accompanies this military image—which also describes the war in a way that incites hatred toward the English and presents information that is at times biased or inaccurate—I believe that these kinds of symbols do not help to heal the wounds of a senseless war, nor do they strengthen our national identity. On the contrary, they only serve to misinform visitors (most of whom were not witnesses to this absurd and tragic conflict), generating hatred toward the English instead of promoting acknowledgment of the mistake that was the war, and proposing more constructive and humane ways of addressing and resolving this dispute.

This situation is what led me to write this essay about the Malvinas (Bariloche, September 2025).


Malvinas

On March 30, General Leopoldo Fortunato Galtieri appeared on the balcony of the Casa Rosada during a very intense day, when the Argentine people were demonstrating against him and against the military government. That day became the scene of a brutal police crackdown on a massive popular protest against the dictatorship.

Two days later, on April 2, that same people took to the streets to cheer the occupation of the Malvinas/Falklands. Galtieri, again on the same balcony, was now being hailed as if he had suddenly become a national leader, even daring to raise his arms in the style of Perón. Just hours before, he had been despised; now he was celebrated, even as he uttered those disastrous words: “If they want to come, let them come; we will give them battle.” Words the people cheered.

As a boy, I had always been proud of my country and its national symbols. They moved me deeply. I dreamed of being the flag bearer at school, something I managed to achieve—both in primary and secondary school—through hard work and effort.

Then came my time in compulsory military service, in my case in the province of San Juan. Abuse from noncommissioned officers was commonplace, along with lessons in deceit, intimidation, and the constant threat of punishment—sometimes physical. The training was steeped in a warlike spirit: the gaze always fixed on the “enemy,” who at that time was said to be the Chileans. Always the same story, always war as an end in itself. All of this gradually extinguished that natural love I had felt as a child for my country and its symbols. Later, of course, I came to revalue those feelings and understood that beyond all that were people, affection, and friendship—things of a different nature, which sustain my deep love for my country.

The Malvinas/Falklands War found a nation blinded by a nationalist mantra that had been instilled since my childhood: “The Malvinas are Argentine.” A story repeated over and over, regardless of how events had actually unfolded 150 years earlier, in an Argentina mired in corruption, state violence, and military dictatorship. At that time, there were no foundations for building a serious, respectful, and organized nation, and the moral fabric of the state had been violated. The country’s geography was in crisis, with countless regions simply forgotten. And suddenly, the “great national cause” emerged around a set of distant islands in the South Atlantic—an imagined land that existed more in rhetoric than in the daily reality of the people. The Islands were used as a new tool to garner popular support.

These were islands where Argentine citizens also lived, connected harmoniously with the mainland. Islanders traveled to Argentine hospitals, their young people studied at our universities, they vacationed in the country; families were living between both geographies. These were islands whose history and natural development seemed to be leading them, little by little, to become part of Argentina’s geography. But that did not happen. Suddenly, from one day to the next, came war—at the hands of a military dictatorship.

That was the moment when the people should have spoken out against the regime and said: “Not like this. Not by force. Not through war. That language—the language of war—belongs to you, the warmongers, who seek achievement only through military means, inside and outside the country. No. Argentina is much more than that. We will not support a unilateral decision, devoid of morality or reason, that drags us into a senseless war against a global power.”

The people should have stood up and said that they would not allow their young to risk their lives for the whim of a decaying general who resorted to such actions only to save his own skin—to legitimize his place within an illegal government. The Argentina that was slowly awakening, demanding a return to democracy, could have said: “No, sir, not like this. This is not the Argentina we want.”

But the opposite happened. An entire nation—beaten and wounded by years of dictatorship, disappearances, and violence—chose, without hesitation, to support the decision of a military regime that dragged it straight into war.

It seems people fail to understand that in war there are no winners or losers—everyone loses. The loss of even a single human life does not justify a single square meter of land. My experience in those years was terrible. Strangely, all my friends and acquaintances were convinced that the military action—the seizure of the islands by force—was something positive, living in what seemed like total ignorance of what it truly meant to go to war. In my case, my family and I were among the few in our circle—and I believe among a minority nationwide—who were against the war.

My friends said my position was because “you’re German…” Something that was hard, almost incomprehensible to me. I had always felt Argentine to the core—in a country where being Argentine usually meant being the child or grandchild of immigrants. It was a difficult time, full of loneliness.

I had just finished military service and knew that at any moment I could be called up to fight in a senseless war—to kill or be killed… to kill young Englishmen, as young and trapped as I was in a system that never asked you, as a veteran friend of mine used to say, “Do you want to give your life for your country?” Most people didn’t give their lives for their country; they sent us—the young—to do it.

I couldn’t even imagine how I, as a teenager, was expected to kill other young people from a country part of my own family had come from. What reason could I possibly have to invade islands, to take by force a population that had lived for generations not only in peace among themselves but also with us? To invade, to kill, to seize forgotten islands at the end of the world… My teenage mind wrestled with how to avoid being drawn into that senseless war. I even spent long nights outdoors to greet Pope John Paul II—not because I was a believer, but in the hope that his visit and intervention might put an end to that madness… but not even the Pope could stop it.

I considered leaving the country, but I had already been ordered to remain ready for call-up at any moment. I even thought about escaping illegally across one of the country’s borders, imagining that perhaps I could swim across a river to another land. Those were complex times, and I finally decided to stay and face my fate—a fate decided by others, endorsed by a people who did not understand that this was war… a war in which soldiers and civilians would die, and perhaps I would too. I promised myself that if I survived and returned home, I would leave Argentina and never come back. Fortunately, the war ended before I was recruited. Later, many friends came to tell me, “You were right—this war made no sense.” But the damage had already been done.

I still cannot understand how people lived through the war with such enthusiasm, almost as if it were a World Cup. The memory of the 1978 World Cup, when Argentina won the trophy, still lingered in everyone’s minds—and every sinking ship, every downed British plane, was celebrated as if it were a goal. I can still hear the shouts of victory from the students at my university cafeteria, cheering every bad bit of news for the British. Shooting down something English was a real celebration. Even the “Marcha de Malvinas,” created to glorify the campaign, followed exactly the same melody as the 1978 World Cup march. In a country like Argentina, where football is almost a religion and where winning—even by cheating—is all that matters, it was hard to imagine those fleeting military “victories” being treated any differently.

Our armed forces were mainly composed of 18- and 19-year-old boys without training—“the boys of the war”—suddenly sent to a hostile climate, without preparation, equipment, or proper food, and with no understanding of what awaited them. They arrived on islands where the cold, wind, and autumn humidity were relentless. Boys sent by the decision of a few, supported by many, with no chance to choose for themselves. And in those trenches, many began to wonder whether suicide was the only way to end it all.

A country under collective brainwashing entered the war, forgetting the misery it was living through. During the conflict, television programs collected money, jewelry, clothing, and food that never reached those poor boys freezing in the trenches. When the war ended, many of them were ignored, hidden from society, as a way of disguising the terrible defeat—both military and moral—of a nation trapped in hollow nationalism. Maimed boys, physically and psychologically, left without adequate support, abandoned to their fate… for many, suicide became the only escape from the depression of post-traumatic stress.

Broken families: mothers, fathers, wives, children—all scarred forever by the loss of those who gave their lives, or their mental health, on those distant islands. Later, through political manipulation of the conflict, those forgotten soldiers were recast as “heroes”—not to care for or protect them, but to serve as tools of political power. Many of those young men internalized that recognition and turned the Falklands cause into a life mission, their hatred of the English into a reason for being. And thus, a country that had never fought a modern war became gripped by militarism and hatred of another nation—an unbelievable thing in a country built on immigration, where the English had played an important role in shaping the nation itself.

And so, an enemy was created—one that had to be defeated. Instead of seeking more intelligent and constructive ways to channel this energy, today the Falklands cause has become one of militarism and hate. Of course, there are also other veterans who understand that they were not heroes (again: no one asked them if they wanted to give their lives for their country), but victims of a dictatorial system. Many could not bear the weight society placed on them as “heroes” and also took their own lives to escape the pain. Many families thus had to face the sorrow of “losing” their sons all over again. And even today, it is difficult for many veterans who reject the nationalist narrative and the manipulated idea of sovereignty to express their truth—they are attacked, dismissed, and silenced by those who feed on political power sustained by hatred toward the English.

Those same forces are now shaping the narrative of an entire society, especially among the youth, who largely do not know the true history of the war—where hatred and militarism are presented as symbols of nationality. This is not only sad but also paradoxical: the vast majority of people in this country descend from other lands and cultures, in a modern nation that, like many others, displaced its Indigenous peoples. On the one hand, the memory of General Julio Argentino Roca—a military man who, rightly or wrongly, responded to the nation-building context of his time by displacing Indigenous peoples—is condemned. Yet, on the other, the decision of a general who, for purely personal and political motives, led Argentina into a war, attempting to seize islands by force and subjugate their peaceful inhabitants, is celebrated.

Tragically, this narrative will continue to take root in current and future generations if nothing is done to change it. In such a context, it will be very difficult to envision a peaceful, democratic, inclusive, and innovative solution that could finally resolve this conflict. It will be hard to imagine a path that truly leads the Malvinas/Falkland Islands toward a future of peace and harmonious coexistence between the islanders and the mainland—a future that would, as I wrote in a poem marking the 30th anniversary of the war, “return free skies to the birds and joy to those islands.”


Land of the albatross, land of love

Graceful albatross couple, gives birth to their innocent offspring

In a land where the sea and the wind fill the heart

Generations of albatross made these islands their home

Unaware of maps, history and the desolation of futile wars

 

Fruit of love, a small child with light blue eyes is born

Its first words evoke Celtic lands and language

Generation after generation, they laugh and cry together

Blind to the world, isolated in their land, they live their moment

 

A kiss of love, to another little person gives birth, brown its eyes

Whose first Castilian words, breathe warmth into a new continent

Immigrant stories, ancestral suffering, dreams of a future

Unaware of the sad fate others with small minds are plotting

 

Tresses of ebony interlace, generate a tiny being, black its eyes


Its first sounds echo a free and wild land


Original race, a land blessed by ancestors, slowly conquered


Hurt became the “new” lands, yet lands of the “old” language

 

It is the story of those who were here, those who came later, of those who remained

Stories of peoples, the union of cultures and dreams in small geography

The land is from nobody, the land is from everybody, it is the blending of hearts

Through respect, mutual help and shared growth, the love between peoples creates space for joy

 

There was a time when the albatross and other creatures lived together in harmony in the islands

There were no misunderstandings, the flight of the albatross freed all to dream

Generations, races, colours, stories, these were the fruits of a shared soil

But the horror of the war stunned all, even the albatross, who ceased his flight

 

Someone forced them to turn harmony into hate

Disrupted the blending of different cultures from its natural evolution

That sons would mourn their fathers, such cruel and painful bereavement

Such that to be island or continent was an insult, a symbol of separation

 

I would like to believe that we learnt something from the suffering

That life offers us wiser and more luminous ways

That no land justifies the death of some

And that sharing is the way to heal wounds, the way to dissolve hatred

 

I would like to believe that the albatross will fly again, free and enamoured

That new generations will repair the damage caused by those who knew not how to love

That the colors of the flags will blend into a rainbow of hope

That the tears of different tongues will merge in the waves of the ocean

 

At the end this is our longing, and without doubt we always knew it

That to honour the suffering, we need to embrace our different hues

To return to the birds their free sky and to the islands their joy

To these precious islands, land of the albatross, land of love

 

Bariloche 27th March 2012, dreaming of a future of love for the Falkland Islands

(1982-2012)


Monday, October 6, 2025

Malvinas: una guerra de solo víctimas

Hace unas semanas, las autoridades de la Provincia de Rio Negro junto a las del Municipio de la Ciudad de Bariloche decidieron emplazar un avión Mirage que participó en la Guerra de Malvinas en la costa de nuestro lago, frente a la ciudad. El avión forma parte de un memorial sobre la guerra y está ubicado como si estuviera volando en dirección al centro de la ciudad (aunque quienes lo colocaron indican que apunta hacia las Islas Malvinas). Es una imagen bélica que afecta la belleza y la armonía del paisaje de Bariloche. Esto hace que, con cada día que pasa y al transitar por la zona, el sentimiento bélico nos genere un dolor y una desazón que están muy lejos de permitirnos sanar lo absurdo de esta guerra. La decisión de emplazar este avion en ese icónico lugar de nuestra ciudad fue tomada de manera unilateral, sin consultar a la población. 

A eso se suma que la ciudad de Bariloche no estuvo en absoluto involucrada en la guerra. Por lo tanto, esta instalación no representa un verdadero vínculo histórico con nuestra comunidad, sino más bien un recurso que alimenta intereses personales de quienes utilizan el tema de la guerra como una forma de justificarse.

Sin entrar en detalle sobre el memorial que acompaña esta imagen bélica —el cual también describe la guerra, instigando al odio hacia los ingleses y presentando información a veces sesgada o inexacta— considero que este tipo de símbolos no sirven ni para sanar las heridas de una guerra sin sentido, ni para fortalecer nuestro sentido de Nación. Por el contrario, solo contribuyen a desinformar a los visitantes (la mayoría de los cuales no fueron testigos de esta absurda y triste guerra), generando odio hacia los ingleses, en lugar de promover la aceptación del error que significó la guerra y proponer formas más constructivas y humanas de afrontar y resolver este conflicto.

Esta situación es la que me llevó a escribir este ensayo sobre Malvinas (Bariloche, Septiembre 2025).


MALVINAS 

El 30 de marzo, el general Leopoldo Fortunato Galtieri apareció en el balcón de la Casa Rosada durante una jornada muy intensa, en la que el pueblo argentino se manifestaba en su contra y contra el gobierno de facto. Ese día fue escenario de una brutal represión policial contra una masiva manifestación popular opuesta a la dictadura.

Dos días después, el 2 de abril, ese mismo pueblo salía a las calles para vitorear la ocupación de Malvinas. Galtieri, nuevamente en el mismo balcón, era ahora aclamado como si de pronto se hubiera convertido en un líder nacional, incluso tuvo la osadía de levantar los brazos al estilo de Perón. Apenas horas antes lo despreciaban; ahora lo celebraban, aun frente a sus nefastas palabras: “Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”. Palabras que el pueblo ovacionaba.

De chico, yo siempre había estado orgulloso de mi país, de sus símbolos patrios. Me emocionaban. Soñaba con la posibilidad de ser abanderado, algo que con esfuerzo logré tanto en la escuela primaria como en la secundaria.

Luego llegó mi paso por el servicio militar obligatorio, en mi caso en la provincia de San Juan. El maltrato por parte de los suboficiales era moneda corriente, junto con la enseñanza de la mentira, el engaño, la amenaza constante del castigo y, en ocasiones, el castigo físico. La instrucción estaba impregnada de un espíritu bélico: la mirada siempre dirigida hacia el enemigo, que en ese tiempo se identificaba con el chileno. Siempre el mismo cuento, siempre la guerra como un fin en sí mismo. Todo eso fue apagando poco a poco aquel amor natural que sentía desde chico por mi país y sus símbolos patrios. Después, claro, con el tiempo logré revalorar mis emociones y entendí que más allá de todo eso están las personas, los afectos, los amigos, que son otra cosa y que sostienen mi profundo amor por mi país.

La guerra de Malvinas encontró a un país enceguecido con un mantra nacional instalado desde mi niñez: “las Malvinas son argentinas”. Una historia repetida una y otra vez, sin importar como se desarrollaron los acontecimientos hace 150 años atrás, y en una Argentina que estaba atravesada por la corrupción, la violencia del Estado y la dictadura militar. En ese momento, no había bases para la construcción de un país serio, respetuoso y organizado, y la moral del Estado había sido violada. Su geografía nacional estaba en crisis, e innumerables zonas del país habían sido simplemente olvidadas. Y, de repente, surgió la gran causa nacional en torno a unas islas lejanas, ubicadas en el Atlántico Sur, unas islas que existían más en la narrativa que en la realidad cotidiana de la gente. Unas islas utilizadas como un nuevo recurso para conseguir el apoyo popular.

Unas islas donde también vivían ciudadanos argentinos, donde la conexión con el continente era armónica, de colaboración. Sus habitantes viajaban a hospitales en Argentina, sus jóvenes estudiaban en nuestras universidades, pasaban vacaciones en el país; había familias repartidas entre ambas geografías. Eran islas donde la historia y el desarrollo natural de esta parte del mundo parecían encaminarlas, poco a poco, a ser parte de la geografía nacional. Pero no fue así. De repente, de un día para otro, llegó la guerra, en manos de una dictadura militar.

Ese era el momento indicado para que el pueblo se pronunciara en contra de ese gobierno de facto y dijera: “así no, por la fuerza no, a través de una guerra no. Ese idioma, el de la guerra, les pertenece a ustedes, personas bélicas que solo mediante el accionar militar, dentro y fuera del país, buscan alcanzar sus logros. No. La Argentina es mucho más que eso. No vamos a apoyar una decisión unilateral, sin moral, sin pensamiento, que nos arrastre a una guerra sin sentido contra una gran potencia mundial”.

El pueblo debería haberse manifestando, diciendo que no se enviarían a nuestros jóvenes a jugarse la vida por el capricho de un general en decadencia, que recurría a un accionar como ese solo para intentar salvar su pellejo, para fortalecer su razón de ser como parte de un gobierno ilegal. La Argentina que estaba despertando lentamente, reclamando la necesidad de volver a la democracia se podría haber manifestado diciendo: “No, señor, así no. Esta no es la Argentina que queremos”.

Pero, sin embargo, sucedió lo contrario. Todo un pueblo golpeado, herido por años de dictadura, de desapariciones, de violencia, en lugar de seguir transitando el camino hacia la democracia y la paz social, decidió, sin pensarlo dos veces, apoyar una decisión del régimen militar que nos arrastraba directamente a la guerra.

Pareciera que la gente no entiende que en una guerra no hay ni ganadores ni vencidos… todos pierden. Ni un metro cuadrado de tierra justifica la perdida de una sola vida humana. Mi experiencia en esos años fue terrible. De forma extraña, todos mis amigos y conocidos estaban convencidos de que el accionar militar, la toma por la fuerza de las islas era algo positivo, viviendo en una aparente ignorancia total sobre lo que realmente significaba entrar en guerra. En mi caso, mi familia y yo éramos de los pocos en mi entorno —y creo de una minoría en toda da la nación— que estábamos en contra de la guerra.

En mi caso, mis amigos atribuían mi posición a que “es que vos sos un alemán de…”. Algo que era duro, casi inexplicable para mí. Yo, que siempre me sentí argentino hasta la médula —y donde ser argentino significaba para la mayoría ser hijos o nietos de inmigrantes.  Fue una época muy difícil, de mucha soledad.

Acababa de terminar el servicio militar y sabía que en cualquier momento podía ser convocado a pelear en una guerra sin sentido: matar o morir…matar jóvenes ingleses, tan jóvenes y atrapados como yo en un sistema donde no se te preguntaba, como decía un gran amigo mío veterano de esa guerra, “¿querés dar tu vida por la patria?”. Y donde la mayoría de la gente no daba su vida por la patria, sino que nos mandaban a nosotros, los jóvenes, a hacerlo.

No podía ni siquiera imaginar cómo yo, con mis pocos años de adolescente, estaba destinado a matar a otros jóvenes, de un país del que una parte de mi familia había venido. ¿Qué motivo, qué razón podía tener yo para invadir unas islas, tomar por la fuerza a una población donde muchas generaciones habían vivido no solo en paz entre ellos, sino también con nosotros? Invadir, matar, tomar posesión de unas islas olvidadas en el fin del mundo… Mi mente adolescente se debatía en cómo evitar involucrarme en esa guerra sin sentido. Incluso participé en largas veladas a la intemperie para saludar al Papa Juan Pablo II, sin ser para nada creyente, con la esperanza de que su visita a Argentina y su intervención pudieran poner fin a esa locura… pero ni el Papa tuvo el poder de detenerla.

Evalué la posibilidad de abandonar el país, pero ya había sido convocado a estar preparado para ser reclutado en cualquier momento. Incluso consideré la opción de escaparme ilegalmente por algún punto de la frontera del litoral argentino, pensando que quizás algún río me permitiera nadar y cruzar a otro país. Eran épocas muy complejas, y finalmente decidí quedarme y entregarme a mi destino: un destino decidido por otros y refrendado por un pueblo que no comprendía que estábamos hablando de una guerra… una guerra donde morirían soldados y personal militar, y donde quizás moriría yo también. Me prometí a mí mismo que si sobrevivía y regresaba a casa, abandonaría la Argentina para nunca más volver. Por suerte, la guerra terminó antes de que fuera reclutado. Tiempo después, muchos amigos se acercaron para decirme: “tenías razón, esta guerra no tenía sentido”. Pero el daño ya estaba hecho.

Sigo sin entender cómo hacía la gente para vivir la guerra con tanto entusiasmo, casi como si fuera un Mundial de fútbol. Aún resonaba en la memoria de muchos el Mundial del ’78, cuando Argentina ganó la copa…y cada hundimiento de un barco, cada derribo de un avión inglés se celebraba como si fuera un gol en un partido de aquel torneo. Aún escucho en mis oídos los gritos victoriosos de los estudiantes de mi facultad, en la cafetería, celebrando con entusiasmo cada noticia adversa para los ingleses.  Derribar algo inglés era una verdadera fiesta.  Incluso la Marcha de Malvinas creada para celebrar la gesta seguía exactamente la misma melodía de la Marcha del Mundial del ’78. En un país como Argentina, donde el fútbol es casi una razón de ser y donde ganar un partido haciendo trampa no importa si se gana, era difícil imaginar que esos triunfos circunstanciales de nuestras fuerzas no se festejaran de otra manera.

Nuestras fuerzas armadas estaban principalmente constituidas por chicos de 18 y 19 años sin instrucción, “los chicos de la guerra”, que de repente fueron enviados a un clima hostil, sin preparación ni equipos, sin proveerles de una buena alimentación, con una total falta de equipamiento adecuado y un alto grado de ignorancia sobre lo que les esperaba. Llegaban a unas islas donde el frío, el viento y la humedad del otoño eran implacables. Chicos enviados por decisión de unos pocos, respaldada por muchos, sin haber tenido la posibilidad de decidir por sí mismos. Y en esas circunstancias de la guerra, ya en las trincheras perdidas, muchos se preguntaban si suicidarse no sería una manera de poner fin a todo.

Un país, sometido a un lavado de cerebro colectivo, encaró la guerra, olvidando las miserias que se vivían internamente. Durante el conflicto, programas televisivos recaudaban dinero, joyas, ropa y comida, que nunca llegaban a esos pobres chicos atrapados en las frías trincheras del fin del mundo. Al concluir la guerra, muchos de ellos fueron ignorados, escondidos de la sociedad, como una manera de disfrazar la terrible derrota, tanto bélica como moral, de un país atrapado en un relato nacionalista vacío. Chicos mutilados, física y psicológicamente, que no recibieron apoyo adecuado, abandonados a su suerte… en muchos casos, el suicidio se convirtió en la única manera de escapar de la depresión causada por el estrés postraumático.

Familias rotas: madres, padres, esposas, hijos… todos golpeados para siempre por la ausencia de esos chicos que dejaron su vida, o su estabilidad emocional, en esas lejanas islas. Chicos que, luego, a través del uso político del conflicto, pasaron de ser olvidados a ser presentados como héroes, no tanto como una manera de cuidarlos o protegerlos, sino más como una herramienta de poder político. Muchos de esos jóvenes sintieron ese reconocimiento como un aval y convirtieron la causa de Malvinas en una causa de vida, el odio a los ingleses en una razón de ser. Y así, un país que no había enfrentado ninguna guerra en su historia moderna quedó atravesado por una sensación bélica, un odio hacia otra nación… algo increíble en un país que se había nutrido y formado gracias a corrientes migratorias, donde los ingleses representaron una parte importante de su propia constitución como nación.

Pero así se creó un enemigo al que había que vencer… y en lugar de buscar maneras más inteligentes y constructivas de canalizar todo esto, hoy la causa Malvinas se ha convertido en una causa bélica y de odio. Por supuesto, existen otros veteranos de la guerra, otros jóvenes que comprendieron que no fueron héroes (repito: nadie les preguntó si querían dar su vida por la patria), sino que fueron, lisa y llanamente, víctimas de un sistema dictatorial. Muchos de ellos no pudieron soportar el peso que la sociedad les impuso al ser repentinamente llamados héroes y también encontraron en el suicidio una salida a ese profundo dolor. Así, muchas familias se vieron obligadas a enfrentar el dolor de “volver” a perder a sus jóvenes. Y aún más difícil resulta hoy día para muchos veteranos que no aceptan el cuento nacionalista ni la idea de una soberanía manipulada poder expresar su verdad, dado que son vapuleados, maltratados y ninguneados por aquellas estructuras que se alimentan del poder político que les permite perpetuar el odio hacia los ingleses.

Esas mismas estructuras son las que hoy construyen un relato en la mente de toda una sociedad, especialmente de una juventud inmensa que desconoce la verdadera historia de esta guerra, donde el odio y lo bélico se presentan como un vehículo de nacionalidad. Esto, además de triste, resulta paradójico: la gran mayoría de los habitantes de este país son originarios de otras geografías, descendientes de otras culturas, en un país moderno que, como muchos, desplazó a sus pueblos originarios. Por un lado, se cuestiona y se castiga la memoria del General Julio Argentino Roca, un militar que, con o sin razón, respondió a la coyuntura de un momento de consolidación de la nación desplazando a los pueblos indigenas. Pero, por otro lado, se celebra la decisión de un general que, por motivos absolutamente personales y políticos, llevó a la Argentina a una guerra intentando tomar por la fuerza unas islas y sometiendo a sus habitantes, quienes habían vivido en paz durante muchas generaciones.

Desgraciadamente, este relato se afianzará en las generaciones actuales y futuras si no hacemos algo por modificarlo. De este modo, será muy difícil pensar en una solución pacífica, democrática, integradora e innovadora que permita cerrar este conflicto. Así, será complicado establecer un camino que conduzca verdaderamente a las Islas Malvinas hacia un futuro de paz y convivencia armoniosa entre los habitantes de las islas y el continente.  Un futuro que permita “Devolverle el cielo libre a las aves y la alegría a esas islas”, como dice el poema que escribía cuando se cumplían 30 años de la guerra:

 

Tierra de albatros, tierra de amores

(Pensando un futuro de amor para las Islas Malvinas)


Graciosa pareja de albatros da nacimiento a su dulce cría

En una tierra donde el mar y el viento hinchan el corazón

Generaciones de albatros elijen estas islas como morada

Ajenos a mapas, historias y de innecesarias guerras la desazón

 

Fruto del amor nace una criatura de ojos celestes

Sus primeras palabras islas celtas evocan con su acento

Generación tras generación, entre ellos se alegran y lloran

Ajenos al mundo, aislados en su tierra, viven su momento

 

Un beso de amor, a otra personita da luz, castaños los ojos,

Sus primeras palabras castizas, calidez ofrecen a un nuevo continente

Historias de inmigrantes, dolores ancestrales, sueños de futuro

Ajenos al triste destino que algunos preparan en sus pequeñas mentes

 

Cabellos color azabache se entrelazan, generan pequeño ser, negros sus ojos

Sus primeros vocablos suenan a una tierra libre y salvaje

Raza originaria, tierra besada por ancestros, lentamente subyugada

Dolidas quedaron las “nuevas” tierras, las de los pueblos del “viejo” lenguaje

 

Es la historia de los que estaban, los que vinieron, los que al final fueron

Historias de pueblos, la unión de culturas y sueños en pequeña geografía

La tierra es de nadie, la tierra es de todos, de la unión de los corazones

Respetarse, ayudarse, crecer, el amor entre las gentes da lugar a la alegría

 

 Hubo una era donde albatros y criaturas convivían en las islas en armonía

No había desentendimientos, el vuelo del albatros a todos hacía soñar

Generaciones, razas, colores, historias, eran la riqueza de un suelo compartido

Pero el horror de la guerra calló a todos, inclusive al albatros, quien dejo de volar

 

Alguien los obligó a que el amor establecido en odio se tornara

Que la mezcla de culturas detuviera su natural evolución

Que hijos lloraran a sus padres, injustas y doloridas ausencias

Y que ser isla o continente fuera un insulto, un símbolo de separación

 

Quisiera creer que del dolor algo aprendimos

Que la vida nos ofrece caminos más sabios, más luminosos

Que ninguna tierra justifica la muerte de algunos

Y que compartir es la manera de cerrar cicatrices y disipar los odios

 

Quisiera creer que el albatros volverá a volar libre y enamorado

Que las nuevas generaciones repararán el daño de los que no supieron amar

Que los colores de las banderas se amalgamarán en un color esperanza

Y que las lágrimas de distintos acentos se unirán en las olas del mar

 

En el fondo eso queremos, sin duda también lo sabemos

Por respeto al dolor, necesitamos que se abracen los distintos colores

Devolverle el cielo libre a las aves y la alegría a esas islas

A esas que son tierra de albatros, tierra de amores



Wednesday, May 29, 2019

Los Cristales del Desencuentro

Un escrito de hace un par de años que mantiene su vigencia...

Existen distintos cristales, diversos son los colores, los hay lisos, rugosos, bañados de filigrana, esmerilados, duros, frágiles, luminosos, opacos y también espejados.

La vida se manifiesta como una constante dinámica de interacciones entre estos cristales. Son ellos los que nos hacen ver las cosas de una determinada forma o manera, sus colores y luminosidad nos condicionan y situaciones que tienen una realidad intrínseca se interpretan de distinta manera dependiendo del cristal a través del cual miremos. Una misma situación la podemos ver de una determinada manera en un momento de nuestra vida y de otra totalmente distinta dependiendo del cristal que elijamos para observar esa situación.  Esto nos condiciona de manera crucial...transformándonos en esclavos del cristal que elijamos en cada momento.  A veces ese cristal nos ilumina, nos indica el camino de la alegría, otras veces nos lleva por derroteros poco felices...pero al final y al cabo somos nosotros los que elegimos el cristal...el cristal no nos elige a nosotros.

Hay veces que la vida nos brinda un regalo y hace que dos cristales espejados se enfrenten naturalmente, mirándose de cerca, reflejándose íntimamente.  Ese reflejo se reproduce así de manera infinita...y en un espacio cercano que a su vez se percibe también como muy lejano, estos espejos se unen, comulgan, se besan.  La luz que reciben la reparten amorosamente de forma tal de brillar de manera conjunta, y al hacerlo generan armonía y una especial luminosidad. De la misma manera, al fundirse en imágenes eternamente proyectadas se elevan a un nivel de energía superior.  Ese juego de imágenes y luces se reproduce indefinidamente siempre y cuando estos cristales mantengan su posición, conectados y permitiendo recibir a la luz de manera conjunta...esto representa quizás la unión mas intima entre cristales.  Y esta unión cristalina se mantiene por más que los cristales giren sobre su eje...e independientemente de la velocidad con la que lo hagan...lo importante es mantener la posición enfrentada, es decir el compromiso de entrega entre ellos. 

De repente un día, un cambio de energía, generada por quien sabe qué fuente cósmica, induce a uno de estos cristales/espejos a girar 180 grados de forma tal de darle la espalda a su compañero de luz.  Con este simple movimiento la superficie del que abandonó la unión espejada se transforma en una pared oscura...inerte, sin vida, sin capacidad de reflejar la más mínima luz.  Es increíble pensar que el mismo elemento pueda presentarse de una manera tan distinta y hacerlo de una forma tan vertiginosa y caprichosa.  El espejo que aun recuerda y venera la luz que entre ambos compartían se confronta con esta pared ahora opaca...y si bien puede percibir que existe algún tipo de luz aun relacionada a ese espejo invertido, su naturaleza se percibe lejana y muerta.  Por más que haga esfuerzos por ver mas allá, por tratar de captar algo de la luz que los unía, o la luz que el espejo invertido probablemente refleje en otras direcciones, esto no es posible y mas allá de pequeños destellos, no hay nada, no hay luz...no hay vida.

La luz que entre ambos se reflejaba parecía segura, eterna...pero la dinámica de los cristales responde a otras fuerzas, y los cristales tienen la capacidad de optar por cambios de posición, a veces con definida claridad, a veces impulsados por necesidades confusas...pedirle a los cristales certeza, lo que unos llaman seguridad, es pedirles demasiado.

Estos son los cristales del desencuentro.

Bariloche 30 de enero de 2014

Antarctica Cannot Wait: Protecting Krill Means Protecting the Future

A few years ago, at TEDxBariloche , I shared a conviction I have built over decades of work in marine conservation: protecting Antarctica is...